El primer recuerdo y el más emotivo de Maragall llegó a través de un telediario. Allí estaba él, con su sonrisa y su gabardina, haciendo con los dedos la señal de la victoria, rebosando alegría tras el anuncio de que su ciudad sería sede olímpica. Yo por entonces era un veinteañero y vivía en Madrid, pero anhelaba mudarme a Barcelona, una ciudad con mar, ambiente creativo y un alcalde molón.